La participación de la comunidad LGBT en el sismo del 85 quedó opacada por los prejuicios de la época. A pesar de que muchos se sumaron a las actividades de rescate, vigilancia y recolección de alimentos y medicinas, su apoyo quedó invisibilizado.
Escucha este especial con la producción de Diana Susano
Natalia Matamoros
Entre los escombros y el caos que pintaron el panorama del 19 de septiembre de 1985, hubo pinceladas que dejaron ver manos solidarias de la comunidad LGBT, aunque casi siempre de manera anónima.
No hubo banderas ni consignas, solo cuerpos que se sumaron al instinto colectivo de salvar vidas. La mayor parte de esta participación se dio de forma individual, sin organización visible.
Solidaridad con los damnificados
Muchos ofrecieron sus propios espacios como refugio para damnificados y búsqueda de desaparecidos, mientras que otros, como Gloria Cariaga, acudieron a las ruinas de los edificios caídos a levantar escombros para rescatar personas y recuperar pertenencias de las víctimas.
Ella no tenía conocimiento sobre los protocolos para salvar vidas, pero en aquel momento eso no importaba. Lo que urgía era que la ciudadanía se sumara para ayudar.
«Mi pareja y yo salimos al multifamiliar que está enfrente del centro médico Siglo XXI y ahí nos formamos en la fila para estar levantando piedras del multifamiliar, pero no éramos personas conocidas, no nos identificamos como lesbianas, simplemente llegamos y nos sumamos a las actividades de rescate».
Jornadas de recuperación en el sismo del 85
Gloria estuvo 8 horas en las jornadas de recuperación el día 20 de septiembre, pero su colaboración no quedó ahí. Ella y su pareja querían hacer más por un pueblo sumido por el dolor de tantas pérdidas, por lo que ambas trabajaron en los centros de acopio habilitados en instituciones educativas y refugios.
«Estábamos pendientes de las noticias de qué se estaba necesitando y lo que pedían es personas que tuvieran auto que empezaran a recorrer la ciudad llevando agua.
Gloria además expresó su apoyo en el Centro de acopio en Ciudad Universitaria, en donde colaboró para recibir y organizar medicinas.
«Entonces había un depósito, un centro de acopio en la en Ciudad Universitaria y yo ya estaba trabajando en la universidad en esa época y había un centro de Copio en Ciudad Universitaria, nos fuimos para allá. Mi compañera se quedó a recibir y organizar medicinas, que era lo que estaban en una parte del acopio, me cargaban el carro con agua y me decían a dónde lo tenía que llevar».
Varias zonas del centro de la Ciudad de México quedaron devastadas, entre ellas San Antonio Abad, donde se ubicaban varias fábricas textiles.
Cuando se registró el sismo, algunas de estas empresas se redujeron a escombros que sepultaron a muchas mujeres que trabajaban en esos talleres improvisados como costureras, en condiciones precarias, pues no firmaban contratos ni recibían prestaciones. Algunas murieron y otras lograron sobrevivir.
Guardias nocturnas para apoyar a las personas
Otros, como Josué Quino, hicieron guardias nocturnas en Tlatelolco para evitar saqueos tras la caída del edificio Nuevo León, instalando casas de campaña y organizando la vigilancia comunitaria.
Para evitar que fuesen saqueados varios miembros de la comunidad, entre ellos Josué, hicieron guardias nocturnas durante meses hasta que la situación se normalizara.
«Teníamos que quedarnos a dormir en los estacionamientos, en los edificios y la gente nos llevaba comida y nos llevaba alimentos y ahí montamos las casas de campaña, porque teníamos que estar vigilando que no entraran personas que fueran a robar las casas o a meterse en los departamentos».
Josué además recordó las tareas que realizaban, que iba desde la limpieza hasta mantener comunicación con las instituciones.
«Y en este trabajo que hacíamos, pues también tenía que ver esta cuestión de hacer la limpieza, de hacer listas, de pasar lista, de ir a hablar con las instituciones».
Movilizaciones por justicia y derechos
La tragedia también evidenció la precariedad laboral de las costureras sepultadas en fábricas improvisadas de San Antonio Abad, lo que impulsó movilizaciones donde mujeres lesbianas y activistas se sumaron a la exigencia de justicia y derechos.
Según el cronista Alonso Hernández, este activismo “desde el clóset” desafió silenciosamente los prejuicios en un contexto donde la liberación homosexual convivía con el estigma del sida.
Sin embargo, la marginación invisibilizó tanto la ayuda como las muertes: familias ocultaban identidades y las instituciones carecían de perspectiva de derechos humanos.
Un obituario, el esfuerzo por recuperar la memoria de la comunidad LGBT
La historiadora Roxana Rodríguez calcula que al menos 10 por ciento de las más de 4 mil 600 actas de defunción de 1985 correspondían a personas LGBT, muchas identificadas por testimonios de parejas y compañeros de lucha.
«Era un problema porque estamos hablando de una época en la que no había ni matrimonio igualitario, ni reconocimiento ni a la orientación y a la identidad y muchas veces cuando las parejas vivían juntos. No existía matrimonio no tenían derechos, entonces si la persona fallecía, se quedaban sin derecho alguno».
A casi cuatro décadas, esa solidaridad sigue fragmentada en relatos dispersos, recordando cómo la discriminación borró nombres y memorias en medio de la catástrofe.
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