A casi 40 años del sismo de 1985, Antonio Fonseca recuerda la tragedia en los largos pasillo del complejo de departamentos en Tlatelolco.
Escucha este especial con la producción de Gabriel Apolinar
Natalia Matamoros
Sobre las ruinas del edificio Nuevo León en Tlatelolco —que se desplomó durante el terremoto de 1985— se erige hoy un reloj de sol. A un lado hay una placa conmemorativa que honra la memoria de las y los vecinos que perdieron la vida en aquella tragedia.
Este espacio, cargado de simbolismo, se convirtió en un recordatorio permanente de la fragilidad humana frente a los desastres naturales, y de la resiliencia de una comunidad que, pese a las pérdidas, mantiene viva la memoria colectiva.
«La tierra se los tragó»: Antonio Fonseca
Cada vez que Antonio Fonseca transita por el centro del reloj para hacer sus compras y, cada vez que la tierra tiembla, le viene a la memoria, como si fueran extractos de una película apocalíptica, recuerdos del desplome del Nuevo León.
Éste era un coloso de 14 pisos que, junto a otros 101 edificios del conjunto residencial, era orgullo de la modernidad mexicana.
Antonio vivía en el edificio Nayarit, ubicado a pocos metros del Nuevo León. El día del terremoto salió a las 7:10 de la mañana con su hijo de 7 años para llevarlo al colegio. En su ruta, iba a atravesar el módulo central de la torre, pero justo antes de llegar, sintió una sacudida que los tumbó.
El movimiento brusco los elevó y los arrojó al suelo. Al caer, Antonio vio cómo el coloso de concreto se desplomaba y que sus columnas se fracturaban como trozos de galletas. De las grietas salían pedazos de paredes y nubes espesas de polvo.
Fue testigo, en primera fila, de cómo algunos vecinos y amigos fueron succionados cuando la estructura colapsó. Literalmente, se los tragó la tierra:
«Yo empecé a observar que, a los lados, la parte superior de las columnas empezaba a abrirse y a salir piedras y polvo por ahí. Llegó un momento en que el suelo se comportó como si fuera agua, como si hubiera una marea, entonces el edificio se levantó y se desplomó rápidamente.
Todos los que estábamos ahí de pie terminamos en el suelo porque fue una sacudida tremenda».
El impacto al notar que se salvó milagrosamente, pero que muchos amigos y vecinos no corrieron con la misma suerte, generó en Antonio un shock emocional. Durante esos días, sufrió crisis de ansiedad y ataques de pánico, cuyos síntomas desaparecieron con el paso del tiempo:
«Yo tenía muchos conocidos en ese edificio. Estaba mi jefa de enseñanza, Olga Magaña, que vivía en el segundo piso y su hija había salido temprano, pero la maestra no pudo salir. Los vecinos me contaron que se trabó su puerta, no pudo salir del apartamento y quedó ahí enterrada».
«Lo perdí todo»: Griselda Domínguez
Griselda Domínguez, junto con sus dos hijas, no tenía mucho tiempo de haberse mudado al edificio Nuevo León cuando ocurrió la tragedia. Afortunadamente, se salvó porque un día antes partió a Veracruz a pasar una temporada con sus padres.
Mientras veía la televisión, se detuvo a ver los estragos que causó el terremoto en varias estructuras de Paseo de la Reforma. En medio de ese carrusel de imágenes, enfocaron el edificio de Tlatelolco en ruinas. Lo perdió todo:
«Veo que están aplastados ciertos pisos y el edificio está echado para atrás, la parte de atrás cayó. Es ahí cuando empiezo a dimensionar la tragedia y sentí un vacío en el estómago y le llamé a mi papá. Grité: ‘Papá, papá, ven a ver, por favor, se cayó mi casa, se cayó mi casa».
El dolor por la pérdida material no fue nada en comparación con el pesar de haber perdido a sus amigos. Eran siete integrantes de una familia que vivía en un cuarto de azotea del edificio. Se trataba de los hijos de Salomón Reyes, quien cuidaba uno de los estacionamientos del conjunto residencial.
Él había salido a revisar unos vehículos y su esposa a comprar leche. Cuando regresaron, vieron que la estructura había cedido y arrastró a sus pequeños:
«Los niños se quedaron arriba en los cuartos de azotea, pues ahí vivían. Vino la tragedia y los siete murieron. Dentro de ellos me acuerdo de los nombres: Miguel, Alma, Adriana. Había un pequeñito que se llamaba Salomón, de los otros no me acuerdo, pero fueron siete que murieron en esa tragedia.
Para mí, esa fue una de las partes más dolorosas porque los volví a ver destrozados, imagínate, después de perder siete hijos».
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Testigos de milagros
Tras el derrumbe del edificio, las acciones de solidaridad no se hicieron esperar: Griselda y Antonio ayudaron como pudieron a los vecinos que fueron rescatados de las ruinas y organizaron movimientos sociales de apoyo.
También, se integraron personas que, aunque en ese entonces no tenían conocimientos en labores de rescate, se sumaron como voluntarios para salvar vidas.
Uno de ellos fue Héctor Méndez. En ese entonces vivía en Ecatepec y se enteró por las noticias de lo que había pasado. Se alarmó porque su hermano vivía en uno de esos edificios, así que no lo pensó y se trasladó para verificar si estaba a salvo y prestar ayuda.
Tras constatar que su familiar resultó ileso, ingresó por un pequeño boquete en medio de los escombros para rescatar a personas sepultadas que pedían a gritos que los sacaran.
Y, recordó a una pareja que pasó una semana sin alimentos debajo de las ruinas, pero logró sobrevivir. Para él, se trató de un milagro:
«Jorge tenía una fractura en el frontal, en un brazo y en una pierna. Se las amputaron y perdió un ojo, pero sobrevivió. Su esposa Rebeca no tenía nada. No me lo vas a creer, pero Rebeca estaba levitando. Ella estaba adentro, pero impoluta, no tenía ninguna lesión, nada más estaba llena de tierra».
Las labores de rescate y remoción de escombros, según Méndez, tardaron 17 días. En ese lapso, varios edificios de Tlatelolco quedaron desiertos. De acuerdo con los cálculos de Griselda, cinco mil personas abandonaron las torres por miedo a que la historia del Nuevo León se repitiera:
«En esos edificios la gente se fue. ¿Por qué se fue? por miedo, imagínate vivir tan cerca y ver la imagen del Nuevo León que estaba tirado, la gente huyó».
Otro contingente de vecinos —como Antonio y Griselda— decidieron quedarse para organizar y presionar los trabajos de reconstrucción. Se negaban a irse, ya que, para ellos, Tlatelolco era más que una zona residencial, era un lugar de valor histórico, cultura y tradición.
La reconstrucción
Los trabajos de reconstrucción contemplaron la demolición de 12 torres por daño estructural. Adicionalmente, otros edificios tuvieron reducciones, recimentaciones y reforzamientos.
El módulo del Nuevo León que permanecía en pie, también lo demolieron porque los daños estructurales del bloque resultaron irreparables. Así lo expuso el arquitecto Enrique Santos, uno de los especialistas que estudió el origen del desplome de la estructura:
«La estructura del edificio no estaba diseñada para un movimiento telúrico de esa naturaleza, de 8.2 grados. Las columnas eran de 30×70, desde planta baja hasta el piso 14. No resistió, los cálculos estructurales que se hicieron inicialmente estaban bajo otro tipo de reglamento de construcción, con otro tipo de diseño sísmico».
Luego de 40 años, surgió una propuesta de renovación de Tlatelolco que presentó la jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Clara Brugada, la cual involucra la intervención de 27 edificios.
De acuerdo con el arquitecto Santos, antes de proceder con las rehabilitaciones, deben compararse los estudios que se realizaron en aquellos años con los de ahora, para saber de qué forma ejecutarán las obras.
A pesar del paso del tiempo, de las reconstrucciones y de las promesas de transformación, Tlatelolco sigue siendo un territorio marcado por la memoria. Un espacio donde el presente y el pasado, dialogan a diario porque la gente que allí habita, nunca ha dejado de recordar.
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