Un pensador, escritor apasionado por la lengua y, sobre todo, un lector voraz, así recordamos a Jorge Luis Borges a 125 años de su nacimiento.
Carolina López Hidalgo
Es, quizás, el argentino más universal y una de las más grandes plumas que Latinoamérica ha dado al mundo: Jorge Luis Borges. Nació el 24 de agosto de 1899, y gracias a sus padres tuvo contacto desde pequeño con los libros, donde encontró su oficio como lector y escritor.
El poeta, ensayista y escritor destacó por su estilo literario influenciado por autores como Paul Valery, Arthur Schopenhauer, y su trabajo como traductor de Walt Whitman, Edgar Allan Poe, James Joyce, William Faulkner, Virginia Woolf, Franz Kafka, así como poemas épicos en inglés y nórdico antiguo.
El estilo Borges
Borges también sobresalió por su dominio de varios idiomas, lo que le permitió jugar entre lenguas, proveer sus textos de una amplia cultura, mundos alternativos, simbolismos, acertijos y metáforas.
Para el investigador Rafael Olea, Borges fue un pensador porque siempre estuvo interesado en la filosofía, teología, matemáticas y la mitología. Olea incluso considera que muchas ideas que el argentino exploró en sus obras siguen vigentes.
“La idea del internet está prevista en El Aleph de Borges: esa esfera de 3 centímetros de diámetro que permite observar el universo completo, el pasado, presente y futuro.
Otro tema, la fractalidad, que está muy de moda, está en un texto de Borges donde habla del mapa de Inglaterra que era tan perfecto que contenía el mapa mismo que le representaba. El texto contenido desde el texto, replicado en el texto. Todas esas son ideas actuales.
Los viajes en el tiempo, él no los representó como tales, pero están implícitos en los mundos paralelos”.
Borges es considerado un autor minimalista, de su pluma salieron cuentos, poemas, ensayos y críticas literarias contundentes y perfectas, como lo describió el escritor Ricardo Piglia
Para muchos investigadores y lectores, Borges creó una nueva forma del género fantástico latinoamericano. Lo hizo a través de su propio método: trabajó la forma del cuento y le incluyó características del ensayo, lo que le permitió darle verosimilitud a la ficción.
Su pensamiento está en cientos de libros, pero entre los más famosos encontramos Ficciones (1944), El Aleph (1949), El Hacedor (1960) y El libro de arena (1975). Siempre apostó por la facilidad de la palabra y la complicación del pensamiento.
Un prodigio sin nombre
Borges tuvo un interés por el lenguaje que lo llevó a buscar la perfección y le permitió convertirse en una figura excepcional dentro de los grandes nombres de la literatura del siglo XX.
Sin embargo, nunca recibió el premio Nobel de Literatura porque, de acuerdo a algunos críticos, el presidente del jurado dijo que la literatura del escritor argentino era demasiado exclusiva o artificial en su ingenioso arte en miniatura.
Los últimos años de su vida, Borges padeció de una ceguera crónica y progresiva, que lo llevó a meditar sobre la importancia del color en los ciegos y la necesidad de la valentía.
“Uno de los colores que los ciegos, o en todo caso que este ciego extraña, es el color negro y el color rojo. Son los colores que me faltan. Y a mí, que tenía la costumbre de dormir en plena oscuridad, me molestó durante mucho tiempo un segundo en neblina verdosa o azulada y vagamente luminosa que es el mundo del ciego.
Yo hubiera querido reclinarme en la oscuridad, apoyarme en la oscuridad. El rojo también, que se supone que es el color más vivo, ha desaparecido para mí, lo veo como un vago marrón. De modo que el mundo del ciego no es la noche que la gente supone”.
Finalmente, falleció el 14 de junio de 1986, a causa de un enfisema pulmonar, dejando un legado literario imborrable.
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