Juan Carlos Moreno migró de Colombia a México huyendo de la violencia. Hoy cuenta cómo reconstruyó su vida, emprendió un negocio y enfrenta la nostalgia de estar lejos de su familia.
Escucha este especial de Natalia Matamoros con la producción de José Luis Plasencia.
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Natalia Matamoros
Juan Carlos Moreno habla de México con la serenidad de quien, después de mucho buscar, encontró un lugar donde respirar sin miedo. Hace 16 años dejó Colombia, empujado por la violencia y por una vida profesional que comenzó a cerrarle las puertas.
En Medellín, las amenazas se volvieron constantes. Era víctima de extorsiones y quienes lo intimidaban aseguraban que podían secuestrar a su madre. El miedo terminó por expulsarlo de su propia ciudad.
«Por robarse un poco de plata, por sacar un carro, por muchas cosas. A toda hora eran amenazas. En esa época, era la época del bipper, no había celulares, entonces eran amenazas: Sabemos dónde están, ya los estamos vigilando, eran amenazas todos los días. Andaba armado, con guardaespaldas, era una vida muy maluca».
Primero buscó refugio dentro de Colombia. Dejó Medellín y se trasladó a Montería, pero la distancia no resolvió todos sus problemas. A la inseguridad se sumó la falta de oportunidades laborales.
Juan Carlos había ocupado cargos importantes en compañías de bebidas gaseosas, había trabajado y dirigido una red de estacionamientos. Sin embargo, al cumplir 46 años, los puestos que antes correspondían con su preparación comenzaron a desaparecer y encontrar un nuevo empleo se volvió cada vez más difícil. Entonces miró hacia México.
Aquí comenzó desde otro lugar, lejos de las oficinas y los cargos directivos. Su cuñado tenía un restaurante y Juan Carlos se incorporó para ayudarlo.
«Empecé como administrador, mesero, la persona que hacía la producción. Me tocaba hacer buñuelos, almojábanas, lo que me tocara hacer. Si no llegaba la persona me tocaba reemplazarla y así fuimos organizando el negocio hasta que ya era el administrador».
Mientras trabajaba, observaba y acumulaba la experiencia necesaria para emprender su propio camino. Tiempo después trajo a su familia y decidió arriesgarse. Abrió su restaurante, pero convertir aquel proyecto en una realidad exigió no solo trabajo, también otros sacrificios.
«Me tocó que me fiaran, pagar a poquitos, vender un apartamento que tenía en Colombia y así hasta que fui pagándolo. Y así hasta que fui pagándolo, todavía pagando parte, pero aquí vamos».
El esfuerzo rindió frutos. Juan Carlos logró consolidar el negocio y hacerse conocido dentro de la comunidad colombiana en México.
Este país le devolvió la tranquilidad que la violencia le había arrebatado, pero no pudo borrar la distancia. En Colombia permanecen su madre y sus hermanos. Aunque viaja para verlos dos o tres veces al año, reconoce que ninguna visita sustituye las celebraciones, los abrazos y los momentos cotidianos que se pierden estando lejos.
«Esas tardes de camaradería, de estar con los hermanos, con la mamá cuando se reúne uno para un cumpleaños. Más que somos una familia muy unida, eso da mucha nostalgia, da muchas ganas hasta de llorar. Eso es lo que más extraño».
Juan Carlos no descarta regresar algún día a Colombia, pero antes necesita garantías de seguridad. Mientras ese momento llega, sigue construyendo su vida en México, entre los sabores de su tierra y la familia que pudo reunir.
Porque migrar le permitió ponerse a salvo y comenzar de nuevo, pero también le dejó una ausencia que atraviesa fronteras: la de una mesa en Medellín donde todavía hay un lugar reservado para él.
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