Marcela Ocampo migró de Colombia a México, enfrentó la adversidad y creó La Caleñita, un negocio que convirtió su historia de resiliencia en una oportunidad para otras personas.
Escucha este especial de Natalia Matamoros con la producción de Alberto Morelos.
Natalia Matamoros
Cuando Marcela Ocampo dejó Cali, en Valle del Cauca, no buscaba una vida mejor. Buscaba una vida posible. Después de años de amenazas por parte de la guerrilla, entendió que permanecer en Colombia significaba vivir con miedo. Hace 16 años tomó la decisión de marcharse a México, convencida de que la distancia podía devolverle la tranquilidad que había perdido.
Y durante un tiempo así fue. Junto a su esposo, de origen mexicano, construyó una vida estable. Formó una familia, nacieron Rodrigo y Emilio y comenzó a echar raíces en un país que poco a poco dejó de sentirse extraño.
Pensó que el capítulo más difícil había quedado atrás. Pero en 2017 la vida volvió a cambiar de rumbo. La separación la dejó sin hogar. Con sus dos hijos, sin familiares que la respaldaran en este país y sin saber a quién acudir. Fue uno de esos momentos en los que todo parecía derrumbarse al mismo tiempo.
«Termino sin nada, en la calle, duramos una noche durmiendo por fuera en la banqueta de la delegación Miguel Hidalgo. Allí estuvimos los tres. Gracias a Dios cuidadísmos por el de arriba. El día que salí de la casa. Entonces empiezo a pedir ayuda por Facebook, necesito ayuda, necesito un lugar, entonces alguien me presta una habitación en una casa y así luego se une la comunidad colombiana y me empiezan a apoyar, y me ayudan a buscar un apartamento chiquito, igual mi familia desde Colombia».
Pero no quería vivir de donaciones. Quería volver a ser independiente, producir con sus propias manos y recuperar la certeza de que podía sacar adelante a su familia.
Había estudiado Economía y Gastronomía. Cuando decidió volver a levantarse, entendió que ambas carreras podían complementarse. Mientras una le daba las herramientas para administrar un emprendimiento, la otra le permitía ofrecer los sabores de su tierra.
Así comenzaron las primeras empanadas tipo coctel y otros bocadillos tradicionales elaborados por encargo. Aquellos pequeños pedidos sentaron las bases de lo que más tarde sería La Caleñita, su propia empresa de catering.
«El negocio arrancó en ceros. Yo no tenia un peso. Arrancó con la plata del cliente y así sucesivamente. Había cosas bien complicadas porque no tenia las herramientas, ni los hornos ni nada, entonces empecé a hacer como alianzas con los colombianos de que me vendieran a un precio más favorable para yo vender y así hasta que me pude establecer».
Más adelante abrió un restaurante junto con otros aliados. El negocio prosperaba, pero también absorbía casi todo su tiempo. Fue así como tomó una decisión que marcaría el rumbo de su trabajo: dejó ese proyecto para no perderse la infancia de Rodrigo y Emilio, el motor que la impulsaba cada día.
Desde casa continuó fortaleciendo La Caleñita mediante la elaboración de productos congelados y servicios de banquetería. Al mismo tiempo abrió espacio para otras personas que, como ella, necesitaban una oportunidad: madres solteras, hombres y migrantes que buscaban salir adelante en México.
«He trabajado en eventos con la embajada, con el consulado, con empresas grandes que me han contratado aquí en México, entonces eso también ha ayudado a que se haya posicionado el nombre. Y que cada vez seamos major, cada vez tenemos que hacer las cosas mejor, y seguir, seguir, seguir con ese paso firme de que La Caleñita tenga ese buen nombre ante la sociedad y la comunidad colombiana y tambièn la Mexicana porque realmente nosotros somos un pedacito dentro de todo México y lo que queremos es que todo México nos pueda conocer».
Su experiencia la llevó a formar parte del grupo de 300 chefs seleccionados para preparar alimentos durante la justa futbolera celebrada en el Estadio de la Ciudad de México.
Esta evolución también le devolvió algo que había extrañado durante años: la posibilidad de viajar con frecuencia a Colombia para visitar a sus hermanos, traer a vivir con ella a su madre y mostrarles a sus hijos el país donde nacieron sus raíces.
Hoy extraña la música, las fiestas populares y parte de su familia que permanece en Colombia. Sin embargo, cuando le preguntan dónde está su hogar, la respuesta llega sin titubeos: México.
«Sí ya eché raíces. Me costó mucho, me costó mucho, entonces que tuve qué hacer tener cosas mexicanas y colombianas en la casa para también sentir que era parte de este país. Sombreros colombianos, sombreros mexicanos, bandera de México, bandera de Colombia y así por todas partes para sentir pertenecer a este país que me ha recibido bien».
México no solo fue el país donde Marcela encontró refugio de la violencia. También fue el lugar donde, cuando la vida volvió a ponerla a prueba, encontró personas que la ayudaron a levantarse, constituyó un negocio que da empleos y descubrió que los hogares también pueden elegirse.
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