Desde antimonumentos como el dedicado a los 43 normalistas de Ayotzinapa en Ciudad de México, ahora se intensificado su instalación en el país.
Adriana Esthela Flores
“Aquí a nuestra espalda está el monumento del cual nosotros les pedimos que ustedes sean vigilantes para que el gobierno no lo quite, porque esa es su costumbre, quitar todo lo que no le convenga. Soy una madre de familia, mi hijo desaparecido forma parte de uno de los 43, Bernardo Flores Alcaraz”.
Estas fueron las palabras de María Isabel Alcaraz Alcaraz, madre de Bernardo, arropada por las demás madres y padres de los estudiantes de Ayotzinapa desaparecidos y frente a numerosas personas que se habían reunido para apoyarlos en el cruce de Paseo de la Reforma y Bucareli.
Habían pasado siete meses de la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, ocurrida en septiembre de 2024. Hasta entonces se habían mantenido dentro de la Normal Rural Raúl Isidro Burgos, en espera de resultados de investigaciones y en reclamo permanente de justicia.
Pero aquel día, una jornada cultural en la llamada “Esquina de la Información” reemplazó a la marcha por los 43 y entre los asistentes. Un puñado de personas sabía que, de manera sorpresiva, sería instalada la pieza que se volvió símbolo de las desapariciones forzadas en México.
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A partir de entonces, también se convirtió en el punto de partida de una ruta de memoria que recorre la principal avenida en la capital del país y se ha extendido a otras zonas de la ciudad, otros estados e incluso, ya atravesó la frontera hacia otras naciones.
“Detonó una conciencia y una indignación que se fue reproduciendo, coincide evidentemente con un incremento de la violencia y la desaparición ocasionada por la política de Calderón, sin duda alguna, la guerra contra el narco, pero fue tal la indignación que hay como un detonante de organización social en diferentes lugares de la república para la organización de colectivos”.
Para la investigadora del Departamento de Antropología en la Universidad Autónoma Metropolitana, Rocío Ruiz Lagier, los antimonumentos constituyen una batalla visual por el espacio público. Inician, dice, una pugna de narrativas sobre los hechos de violencia en el país.
Están estratégicamente ubicados frente a edificios de las dependencias gubernamentales involucradas en masacres, homicidios múltiples, tragedias laborales u otros actos violatorios de derechos humanos, como el IMSS, la Bolsa Mexicana de Valores, el Senado y la llamada “esquina de la información”.
Su presencia, indica la investigadora, es un acto constante de denuncia y resistencia porque recuerdan algunos de los hechos más dolorosos en la historia reciente del país.
“Es una intervención en el espacio público que colocaron grupos de la sociedad civil para recordar un hecho violento, traumático, al que básicamente el Estado no le ha dado respuesta. En ese sentido, son una especie de recordatorio permanente, social, sobre un evento doloroso, violento que ha ocurrido”.
Antimonumentos para hechos de violencia sin justicia
Aunque no son exclusivos de México, los antimonumentos tienen algo que los distingue de las estructuras que se han desarrollado en otros países para articular la memoria.
En Chile, por ejemplo, existen las instalaciones en la casa Londres 38, en pleno centro de Santiago, que operó como un centro de tortura durante la dictadura de Augusto Pinochet.
La diferencia en el caso mexicano es que aquí no se ha registrado el punto final en los procesos de justicia, explica el antropólogo e investigador, Alfonso Díaz Tovar.
“En México lo que estamos viviendo es un periodo de narcoguerra que no termina y los antimonumentos son un recurso que tienen los familiares para recordarnos a nosotros cotidianamente que la realidad no es normal, que hay personas que están reclamando cosas al Estado, que hay inconformidades”.
El ABC de los antimonumentos
Un trabajo en secreto durante meses, financiamiento de personas solidarias, consultas con familias de las víctimas y organización logística para el traslado e instalación forman parte del plan detrás de cada antimonumento instalado a lo largo del Paseo de la Reforma.
En sus casi 15 kilómetros, se encuentran algunas de las principales sedes financieras y gubernamentales de México, como la Bolsa Mexicana de Valores, las oficinas centrales del IMSS, monumentos históricos y es un corredor turístico marcado por hoteles y restaurantes de talla internacional. Esto hace de su ubicación un punto estratégico.
“Es la lucha por el significado también, no solo del espacio, sino de estos eventos dolorosos. Es una batalla, como se dice, por la memoria y por la escritura de la historia. O sea, cómo vamos a recordar esos eventos, cómo dicen que sucedió, la demanda de verdad y justicia continúa, cómo se va a construir esa narrativa”.Rocío Ruiz
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De acuerdo con el libro “Memoria Prematura”, de Lilian Paola Ovalle y Alfonso Díaz Tovar, hay siete características que diferencian a los antimonumentos de los monumentos oficiales.
Monumentos:
- Implica ordenamiento y jerarquización del espacio público.
- Es una acción del Estado.
- Perdura en el tiempo.
- Lleva inscrito la versión oficial, considerada “verdad histórica”
- Son espacios para la propaganda de versiones oficiales
- Incluye la fetichización del pasado reciente.
- Conmemora figuras heroicas.
Antimonumentos:
- Implica la apropiación caótica del espacio público.
- Es una acción desde las comunidades y movimientos sociales de víctimas.
- Su temporalidad es breve y determinada.
- Abarca narrativas incluyentes y abiertas.
- Son espacios de resistencia al silencio y al olvido.
- Lleva consigo un proceso de duelo social.
- Son lugares para la reconstrucción y la proyección del futuro.
“Los antimonumentos principalmente tienen una temporalidad determinada. Están puestos en un momento donde se irrumpe el espacio público y la misma comunidad arropa la colocación. Pensemos en el monumento de 1968 que fue colocado en el marco de los 50 años de la masacre de Tlatelolco, También eso es importante decir, son colectivos que no necesariamente enuncian quiénes son, muchas veces lo hacen en el anonimato por lo que representan”. Alfonso Díaz Tovar
Un circuito de denuncia y resistencia
A raíz del antimonumento a los 43, se tejió un circuito de estructuras similares que se fue extendiendo con el paso de los años.
De acuerdo con una relatoría contenida en el libro “Antimonumentos: Memoria, Verdad y Justicia”, el segundo antimonumento en Reforma fue instalado en 2017, dedicado a las y los 49 menores fallecidos en el incendio de la Guardería ABC, de Sonora.
El tercero fue el de David y Miguel, dos jóvenes secuestrados y desaparecidos, instalado en 2018 al pie de la Torre del Caballito. Le siguió la Antimonumenta, instalada al año siguiente frente al Palacio de Bellas Artes, para exigir un alto a la violencia contra las mujeres.
Un recuento de IMER Noticias estimó que en la historia reciente, se han instalado 40 antimonumentos en México y el extranjero. Seis están dedicados a los 43 normalistas de Ayotzinapa (uno en la Ciudad de México, cuatro en Guerrero y otro en Argentina) y 17 son antimonumentas para denunciar la violencia contra las mujeres.
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La mayoría de las piezas -treinta- datan de los últimos cinco años y del primero que se tiene registro es la Cruz de Clavos, instalada en Chihuahua en el año 2001, por parte del Grupo Feminista 8 de marzo, para protestar contra el repunte de feminicidios y desapariciones de mujeres en esa entidad.
También hay antimonumentos en otros 14 estados del país, como Nuevo León, Chihuahua, Guerrero, Veracruz y Morelos e incluso en otras naciones, como el dedicado a las 56 niñas -41 fallecidas y 15 heridas- víctimas del incendio en un albergue de Guatemala, en 2017.
Si se trata de una memoria en plena construcción…¿A quién y por qué molestan tanto y cuál es el impacto de dañarlos, vandalizados o retirarlos, como ocurrió el viernes 15 de marzo con el retiro de los memoriales para personas desaparecidas en el Zócalo? Volvemos con la investigadora Ruiz Lagier.
“Es, sin duda, una muestra de que incomodan, estos recordatorios, estas marcas que son los antimonumentos, no solo los antimonumentos, los diferentes marcajes en el espacio público, porque hay diferentes modos de intervenir el espacio, pero incomodan al poder, incomodan a quien está violentando también, que puede ser el Estado, grupos delincuenciales, crimen organizado, porque no quieren que se hable de eso, es un discurso que quiere estar acallado, silenciado.
“Es un agravio, una ofensa dolorosísima, un desprecio de las autoridades y de parte de la sociedad civil que se muestra indiferente.También nos tenemos que cuestionar como sociedad civil qué estamos haciendo nosotros”.
En la tercera y última parte de este especial, hablaremos sobre el antimonumento que enlazó a México con Sudamérica.
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