La carrera por la inteligencia artificial avanza a nivel mundial, pero enfrenta vacíos regulatorios, concentración de capital y desafíos en la protección de datos personales, advierten especialistas.
Patricia Ramírez
Hablar con ChatGPT como si fuera una sesión de terapia; usar Gemini para crear imágenes donde apareces abrazando a tu celebridad favorita; dejar que Claude te resuma un libro entero para comentarlo como si lo hubieras leído; o pedirle a Meta AI que te recomiende outfits según tu horóscopo.
Modelos lingüísticos como estos son parte de una carrera tecnológica de cientos de miles de millones de dólares que, desde 2022, cobra fuerza en el mundo. Las inversiones destinadas a la inteligencia artificial y a las tecnologías de la información forman parte del sustento del crecimiento económico actual, de acuerdo con la OCDE en su informe más reciente.
Pero… ¿quiénes están detrás de la inteligencia artificial?
“Se está viendo como algo más transformador que cualquier otra tecnología que se haya tenido hasta ahora y las promesas con IA ya son gigantes. Todos quieren, digamos, un cacho de ese pastel de la inteligencia artificial, y todos se están orientando, desde empresas y gobiernos, para poder aprovechar esta nueva tecnología”.
Ella es Claudia Del Pozo, fundadora y directora ejecutiva de Eon Institute, una organización encargada de proyectos en temas tecnosociales. Para Del Pozo, si bien ha existido un desarrollo importante en el uso de la inteligencia artificial —por ejemplo, en el sector salud para la detección temprana de enfermedades—, el mundo vive una presión por invertir en herramientas de IA, principalmente generativa, por temor al rezago tecnológico, pero sin claridad sobre hacia dónde se dirige esta industria.
“Necesitamos modelos que reflejen más la realidad de la diversidad del mundo y las diferentes realidades, porque también estos modelos, quién los entrena, quién los crea… La verdad es que no son personas de nuestros países, de América Latina, del sur global”.
Actualmente, empresas como OpenAI, Meta, Google o Alibaba, principalmente de Estados Unidos y China, concentran la mayor parte del capital. Por ejemplo, este año OpenAI, la empresa detrás de ChatGPT, cerró una ronda de financiamiento récord por 40 mil millones de dólares, la mayor para una empresa de su tipo.
Su principal inversionista ha sido Microsoft, del multimillonario estadounidense Bill Gates. En su informe más reciente, Microsoft señaló que sus negocios de nube e inteligencia artificial impulsan el crecimiento global. Sin embargo, en marzo de 2023 la empresa enfrentó una controversia tras el despido de todo su equipo de ética y sociedad.
Frente a las críticas, Microsoft aclaró que mantendría activa la Oficina de Inteligencia Artificial Responsable, aunque los despidos generaron dudas.
“Más o menos todos estábamos de acuerdo en que teníamos que avanzar en la IA de forma responsable, cuidando derechos, etcétera. Pero después llega Trump y lo ve como una herramienta de crecimiento económico brutal y de juego político, impulsando una narrativa de desregulación”.
Regulación fragmentada y carrera global por la IA
Uno de los principales problemas para las empresas de inteligencia artificial es la existencia de un marco regulatorio fragmentado. Por un lado, regiones como la Unión Europea han optado por regulaciones estructuradas y basadas en riesgos; mientras que países como Estados Unidos aplican marcos más flexibles para atraer innovación.
Por su parte, China aprobó en octubre una reforma a su Ley de Ciberseguridad que, a partir del 1 de enero de 2026, integrará disposiciones específicas para la IA, incluyendo investigación e infraestructura, así como mayor vigilancia, control de riesgos y supervisión de proveedores.
Aunque China impulsa el desarrollo de inteligencia artificial de código abierto, esto no implica una total transparencia, sino una mayor supervisión estatal y el fomento al intercambio de modelos base entre empresas y laboratorios.
Aun así, muchos países no están dispuestos a depender de la IA extranjera. De ahí surge el concepto de “IA soberana”, que alude a iniciativas para construir modelos propios y reducir la dependencia de infraestructura o empresas externas.
Desde Reino Unido hasta India y Canadá intentan posicionarse en un ecosistema dominado por gigantes tecnológicos, mientras se cuestionan si inversiones menores pueden traducirse en ventajas reales.
“La verdad es que no pueden competir. Y si mañana me dices que el gobierno de México crea un modelo de IA para competir con ChatGPT, con datos locales, para promover la soberanía de IA mexicana, los gobiernos en América Latina cada vez más tienen tendencias de vigilancia y otras cosas que no nos encantan tanto”.
Datos personales y vacíos legales
En este contexto, Cecilia Azuara, maestra en Derecho e integrante de la Línea de Investigación de Derecho e Inteligencia Artificial (LIDIA) de la Universidad Nacional Autónoma de México, señala que la regulación del uso de datos debe estar en el centro del debate.
“Para que la inteligencia artificial tenga el potencial que puede tener, requiere de datos, y la mayoría son datos personales: qué nos gusta, qué conocemos, a qué nos dedicamos, cuál es nuestro contexto”.
En México existe la Ley Federal de Protección de Datos Personales en Posesión de los Particulares, que en marzo de 2025 fue reemplazada por una nueva versión que delega la autoridad a la Secretaría Anticorrupción.
“El contenido de la ley es prácticamente el mismo que antes. Sí protege, pero desde mi perspectiva está completamente rebasada por la inteligencia artificial; fue pensada cuando la IA no existía”.
Azuara subraya la necesidad de impulsar la innovación respetando marcos legales nacionales e internacionales, al tratarse de un fenómeno transfronterizo. Además, plantea que la discusión debe ser colectiva, con participación de autoridades, industria, academia y sociedad civil, para coordinar la protección de datos con una futura ley de inteligencia artificial.
A nivel ciudadano, insiste en la importancia de mayor transparencia por parte de los desarrolladores y de políticas públicas de sensibilización.
“El tema de la transparencia es central, pero también la concientización, sin satanizar, haciéndonos conscientes de que aceptamos condiciones sin leer las letras chiquitas por comodidad o acceso a servicios”.
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