Yerison Bedolla cambió las máquinas industriales por los hornos de una panadería en México tras dejar Colombia. Su historia refleja los retos, la nostalgia y las oportunidades que enfrentan miles de migrantes colombianos.
Escucha este especial de Natalia Matamoros con la producción de Gema Hernández Santana.
Natalia Matamoros
El olor a pan recién horneado marca hoy el comienzo del día para Yerison Bedolla. Hace apenas año y medio, ese aroma sustituyó el ruido de las máquinas pesadas que operaba en Cali, Colombia.
Entre harina, hornos y largas jornadas comenzó una nueva vida en México. Una historia que empezó el día en que guardó su pasado en una maleta y decidió cruzar la frontera.
No fue una decisión tomada de un momento a otro. Lo atrajeron las oportunidades de una economía donde todavía hay espacio para emprender.
«Por la razón de que aquí es mejor economía que en Colombia. Lo vi mejor así. No lo vi por un sentido malo, sino que en Colombia es muy bueno vivir, es muy bonito todo allá, pero no es como acá en México. Aquí en México hay muchas más oportunidades, como de trabajo. Al que le gusta trabajar es aquí, al que le gusta salir o conocer: Colombia, Venezuela o Panamá. Pero por razones de trabajo, recomendaría México».
Su hermano mayor le tendió la mano en México. Lo recibió en su pequeña panadería, habilitada en uno de los pasillos de un mercado de extranjeros de la Colonia Roma, donde hoy trabajan juntos y donde Yerison aprendió un oficio completamente nuevo.
Yerison Bedolla cambió máquinas industriales Colombia
Cambió el acero de la maquinaria industrial por la suavidad de la masa y el calor constante de los hornos. Descubrió que ningún trabajo es pequeño cuando representa la oportunidad de empezar otra vez.
Sin embargo, el desafío más difícil no fue aprender a hacer pan. Fue convivir con la nostalgia de haber dejado atrás a su madre, sus amigos y las calles de Cali.
«Al principio sí me daba un poquito como de nostalgia acordarme de Colombia: la comida, de todo, acordarse de los pequeños detalles de allá y pensar que uno no viene a quedarse tres meses o cuatro meses, sino que uno viene aquí con un proyecto más grande como de salir impulsado, salir adelante, nada de vicios, nada de alcohol, tener una disciplina más empleadita».
Para seguir conectado con su tierra, se aferra a los detalles que todavía lo mantienen atado como un cordón umbilical a sus raíces. Conserva su acento, escucha su música y procura mantener la sencillez que, asegura, siempre le ha abierto puertas.
También intenta derribar un prejuicio que le duele escuchar. «No todos los colombianos somos delincuentes», afirma convencido. La inmensa mayoría, dice, deja su país con la intención de trabajar, emprender y aportar allí donde encuentra una oportunidad.
Ese esfuerzo ya comienza a rendir frutos. Hoy contribuye al crecimiento de la panadería familiar con un pequeño local que abrió en Tepito.
«En este momento soy panadero, soy vendedor y abro rutas. Cuando hablo de rutas, cuando digo rutas, es que nosotros tenemos algo muy bonito que es nuestra gastronomía. Nosotros vendemos buñuelos, pancitos, cositas así. Entonces yo, por ejemplo, no conozco muchas partes de aquí de México, entonces como no conozco, sucede que la curiosidad mató al gato y como uno es hombre no te puede dar todo el tiempo miedo. Yo normalmente me meto por donde la gente dice: no se meta. Uno va y la gente que tú piensas que no deberías meterte, es más agradecida. En estos momentos tenemos un localcito en la calle Argentina con Nicaragua, por Tepito».
Cuando habla del futuro, su mirada vuelve inevitablemente a Colombia. Sueña con regresar algún día, invertir en su país y devolverle algo de lo que la vida le permitió construir lejos de casa.
En esa imagen siempre aparece su madre. Imagina abrazarla y decirle: «Aquí estoy. No te defraudé. Mira lo que he construido para aportar a mi país».
«Yo me puse como una meta, como una disciplina entre uno mismo como quien dice llego tal día, pero quiero llegar bien allá, no a medias, ni abajo, ni a la izquierda, sino con la cabeza en alto de que el día de mañana mi mamá me vea y después de tanto tiempo diga: wow le echó ganas el pelao».
México le abrió una puerta para recomenzar. Ahora, Yerison trabaja convencido de que el esfuerzo de hoy será el patrimonio que algún día podrá compartir con la tierra que lo vio nacer.
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