El crimen de Estado de 1971, marcado por la represión y matanza de estudiantes que buscaban autonomía universitaria, es conocido como El Halconazo.
Escucha este especial sobre «El halconazo», con producción de José Luis Plascencia Ramos.
Luz Cecilia Andrade
Es 10 de junio de 1971. Para muchos, un jueves cualquiera; para las y los estudiantes de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y del Instituto Politécnico Nacional (IPN), es día de salir a las calles a marchar de forma pacífica en apoyo a la huelga organizada en la Universidad de Nuevo León. La cual, buscaba la defensa de su autonomía universitaria y otras demandas democráticas.
Desde la organización estudiantil de 1968, los estudiantes lograron la autonomía de varios espacios de estudio como la Universidad de Nuevo León. Sin embargo, la administración del entonces presidente Luis Echeverría Álvarez, atentó contra la autonomía universitaria. Lo anterior, ya que, ordenó la disminución del presupuesto destinado a los centros educativos y universitarios.
En respuesta, los estudiantes de la Universidad nuevoleonesa convocaron de nuevo a una organización y protesta estudiantil en todo el país, llamado al que respondieron la gran mayoría de las escuelas de la UNAM y el IPN de la Ciudad de México. Ambas universidades acordaron realizar una manifestación conjunta y masiva aquel jueves de junio, desde el Casco de Santo Tomás hacia el Zócalo.
El contexto social marcaba una evidente desventaja para estudiantes, profesionistas, campesinos y obreros, frente a un aparato estatal que recurría a la tortura, el asesinato, la desaparición forzada y otras violaciones graves de derechos humanos como los principales instrumentos de violencia de Estado. Pese a esto, los estudiantes marchaban.
Un ataque para una marcha pacífica
El 10 de junio, la joven Lourdes Rodríguez Rosas —estudiante de Derecho de 24 años— llegó tarde a la congregación por trabajar tres turnos, pero eso no la detuvo para unirse a la marcha. En cuanto vio al contingente de la Facultad de Derecho salir de la avenida de los Maestros hacia la calle Salvador Díaz Mirón.
“Me puse muy contenta porque empecé a ver al contingente de la Facultad de Derecho. Me acercaba para hacer roncha con ellos, y en toda la marcha, cuando de repente siento una especie de magma social, igualita que la del 2 de octubre. Veo para todos lados y la verdad no veo nada salvo que todo mundo empieza a correr y que suenan las balas y que se oyen las balas”.
Sin saber qué pasaba, Lourdes siguió su instinto de supervivencia, corrió a una residencia tipo californiana y se resguardó, en el pórtico, de las balas. Desde ahí, miró a lo lejos cómo un joven corpulento que ondeaba una gran bandera roja se desmayó después de recibir un disparo en el vientre.
En cuanto el joven cayó, Lourdes pudo ver a lo lejos quienes habían disparado: eran también otros jóvenes —de entre 14 y 20 años cuando mucho— armados con bastones y palos. Ese grupo buscaba a las y los estudiantes que corrían para enfrentarse a ellos.
Atrás de los agresores, que durante la masacre se identificaron como “Halcones”, los resguardaban policías de la Ciudad.
Cuando ambos grupos —Halcones y estudiantes—, se enfrentaron, Lourdes aprovechó para ir a ver al joven herido y tratar de conseguir una ambulancia. Fue así que, sobre la Avenida de los Maestros, vio a un hombre con bata, Fernándo Valadés, psicólogo y médico general, quien la ayudó a transportar al joven herido y a otros más a la Cruz Roja de Polanco.
«Pero ya cuando llegó la ambulancia, no te miento, eran como cerca de 10 y no sé cuántos heridos. Entonces, pues dijimos ‘Súbanlos a todos’, ¿no?»
Tras llegar, cuenta Lourdes, el personal médico no dudó en atender a todas y todos los heridos, pese a que el sitio estaba lleno de policías y Halcones heridos.
“Déjame hacer un reconocimiento a los médicos, las enfermeras, las afanadoras y todo el personal de la Cruz Roja de Polanco. Porque a pesar de que estaban llenas de policía y creo que hasta de halcones, no les tembló ni las manos ni los pies para recibir a los heridos y ser muy diligentes en su atención, ¿sí? En y no solo eso, cuando la policía quiso llevarse a heridos, el personal se opuso y dijo, ahorita vamos a llamar a nuestro sindicato que ustedes están impidiendo que nosotros actuemos con rapidez para que las vidas se salven”.
Te recomendamos: “No queremos actos de simulación”: estudiantes a 53 años del Halconazo
Las pérdidas no se olvidan, tienen memoria
Al mismo tiempo que algunos heridos intentaban sobrevivir en la Cruz Roja, otros, como Jesús Martín del Campo, ahora un hombre de 77 años de edad, lo hacían en el Casco de Santo Tomás. Las muertes fueron inevitables.
“Nadie nos contó lo que pasó, sino lo vimos y para mí pues eh un recuerdo tanto doloroso como de necesidad de no olvidarlo eh pues por la muerte de mi hermano que se llamaba Edmundo, Edmundo Martín del Campo, que era menor que yo 2 años y también por mi mi experiencia y de la necesidad de estar haciendo siempre memoria de este hecho”.
Jesús Martín del Campo, a sus casi 20 años de edad, participó como líder del movimiento estudiantil de 1968. La lucha social de las y los estudiantes era importante y necesaria, por eso, aunque la masacre de Tlatelolco lo marcó de por vida. Él y su hermano menor, Edmundo, marcharon juntos, por primera vez juntos en apoyo a las y los estudiantes de la UANL, tres años después.
“Lo vi con mis propios ojos a los grupos de halcones que llevaban varas de bambú. Algunos gritaban halcones, halcones, como un grito que estaba eh ya bien entrenado para la participación violenta que tendrían y que después supimos se llamaban los halcones».
Durante la represión, Jesús y su hermano se perdieron la pista. Jesús logró resguardarse en el departamento de un pintor en la calle Lauro Aguirre y permaneció ahí hasta que acabaron las acciones de los Halcones. Al concluir, Jesús supo que el grupo de los halcones asesinó a su hermano.
El Halconazo
Edmundo tenía 20 años y había sido aceptado en la Escuela de Economía del Politécnico. Su marcha fue pacífica y solidaria, pero las balas disparadas por jóvenes adiestrados por el coronel Manuel Díaz Escobar Figueroa, subdirector en esa época de la Dirección de Servicios Generales del Departamento del Distrito Federal, acabaron con su vida.
A esta vida se suman otras que, sin formar parte del movimiento, estuvieron en la hora y lugar incorrectos. Así lo explicó Clotilde, mujer de 77 años de edad y vecina del Casco de Santo Tomás quien, entonces de 23 años, escuchó los gritos y testimonios de algunas personas que perdieron a sus hijos, que solo iban de paso por el lugar.
“Al siguiente día me decía a mí una señora del trabajo “mi hijo se acababa de recibir y ni andaba en eso, solo iba de paso porque tenía poquito de haberse graduado y andaba viendo trabajo, pero desgraciadamente le tocó”.
La represión no acabó solo con la vida de decenas de jóvenes. La desaparición forzada de la que fue víctima Lourdes, también formó parte de los crímenes de Estado del episodio conocido como “El Halconazo”.
Tras haber llevado a las y los heridos en ambulancia, la joven Lourdes y el médico que la acompañó, Fernando Valadés, fueron llevados por policías a los sótanos de la Plaza de Tlaxcoaque, ubicada en Fray Servando Teresa de Mier, en el límite sur del centro histórico de la ciudad. Ahí permanecieron por trece días junto a otros estudiantes.
En ese tiempo, ella permaneció incomunicada de su familia, sin asesoría legal. Además, a ella y al doctor que la acompañó, les hicieron la prueba química de rodizonato de sodio —utilizada para detectar la presencia de plomo— especialmente en la investigación de armas de fuego.
«Le dije, «¿Y eso por qué?» Dice, «Es que tengo que ver si ustedes no disparan.» Le dije, «¿Usted cree que si tuviera hubiéramos tenido esas armas nos hubieran agarrado y traído aquí y hubieran matado tanta gente?» ¿En qué cabeza cabe?”
Lourdes y el doctor Fernando se cuidaban mutuamente en Tlaxcoaque; sabían la urgencia de acompañarse. Por eso, la señora Lourdes Rodríguez, con 78 años, recuerda aquellos días y agradece que el doctor no quisiera irse del lugar sin ella cuando las celdas empezaron a vaciarse.
“Pues el doctor Valadéz, de verás que le debo una vida. Este, dijo, ‘No, yo no me voy’. Si la chica con la que yo venía no sale, yo no”.
Las deudas permanecen
El Halconazo y la masacre del 68 forman parte de los momentos más infames en la historia del país. Esto, ya que, mostraron cómo el régimen de la época orquestó una cruel represión contra diversos sectores de la población, entre ellos estudiantes, profesionistas, campesinos y obreros.
A 54 años de los hechos, las cifras de las personas asesinadas y desaparecidas son inciertas. En un informe de 1971 del antiguo archivo de la Dirección Federal de Seguridad (DFS), que alberga el Archivo General de la Nación (AGN), menciona que fueron al menos 38 muertos y 62 desaparecidos. Aunque hay organizaciones sociales que aseguran que fueron más de 100 personas asesinadas.
Algunos de los sobrevivientes, como Jesús del Campo esperan que esto no se vuelva a repetir y que sirva para la memoria colectiva del país.
“Sí. de lo de eh la masacre del 68 de Azota y del 71 Echeverría y bueno, pues ya este esos crímenes de Estado que así les dice uno, pues es muy importante que no se repitan.No hay condiciones ya en la sociedad, pero es importante siempre estar atentos y vigilantes que no se repitan”.
Otras personas, como Lourdes, consideran que aún quedan deudas pendientes. Lo anterior, no solo hacia las familias de los estudiantes fallecidos, sino también a la sociedad misma por la falta de voluntad de los gobiernos pasados por esclarecer los hechos.
Para ella, es importante que haya un gobierno que busque respuestas y sea preciso con la historia que ella vivió. Además, en sus palabras, no le parece correcto colocar los nombres de los expresidentes Gustavo Díaz Ordáz y Luis Echeverría involucrados en la matanza de Tlatelolco y el Halconazo en las calles de esta Ciudad.
Para ella la deuda inicia con la respuesta a las víctimas de todo el país. De lo contrario, la historia está condenada a repetirse.
“Eso es un pendiente. México que se las trae acá, que yo miren este protejo a los perseguidos y gua gua gua. No ha podido cristalizar una comisión de la verdad.” “Yo creo que eso es algo eh cuando hay este grupos tan poderosos y que siempre se han sentido tan impunes hay el peligro de más masacres”.
Te recomendamos:
5 años de Halconazo Tapatío, “una situación de impunidad absoluta”: experta







