A 41 años del sismo de 1985, la historia de las costureras de San Antonio Abad recuerda cómo la tragedia expuso la precariedad laboral y dio paso a una organización sindical.
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Natalia Matamoros
La mañana del 19 de septiembre de 1985, Leticia Olvera salió rumbo al taller de maquila donde trabajaba, en un edificio de la calle Belisario Domínguez, en el Centro de la Ciudad de México. Pero al llegar, su lugar de trabajo ya no existía. El sismo lo había convertido en escombros.
Con el edificio también se desplomó la poca certeza laboral que tenían unas 60 trabajadoras. Leticia era costurera, recibía apenas el salario mínimo y, como muchas otras mujeres de la industria del vestido, trabajaba con prestaciones limitadas.
Su patrón logró reabrir el negocio en otro local. Pero había una condición: para él, todas comenzarían de cero.
«Entonces nos dijo que no, que él había perdido así como nosotras habíamos perdido nuestras fuentes de trabajo acá, él también había perdido. Entonces ahora era borrón y cuenta nueva, era una empresa nueva, entonces no había esos prestaciones, ya no las teníamos».
No importaba si alguna llevaba cinco, diez o 15 años frente a una máquina de coser. Su antigüedad laboral desapareció junto con el edificio. Tampoco hubo aguinaldos ni otras prestaciones.
Leticia decidió no quedarse callada. El terremoto dejó al descubierto mucho más que edificios mal construidos. En San Antonio Abad, donde se concentraban decenas de talleres y fábricas textiles, quedaron expuestas jornadas extenuantes, bajos salarios, falta de prestaciones y malos tratos.
En medio de los escombros surgieron campamentos y plantones. A uno de ellos llegó Leticia. Ahí se encontró con decenas de mujeres que enfrentaban historias parecidas: patrones que desaparecieron, indemnizaciones que no llegaban, trabajadoras cuya antigüedad nadie quería reconocer. Pero también encontró organización.
«Y entonces yo me fui para allá, me fui a investigar qué estaban haciendo ellas, porque decía en el periódico que se estaban organizando para exigir sus derechos, para la cuestión de la recuperación de los cuerpos de algunas compañeras que habían quedado sepultadas en las fábricas de San Antonio Abad, para la cuestión de la indemnización a los familiares. Yo llegué ahí a preguntar e informarles que era lo que nos estaba pasando a nosotras».
La creación del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Industria de la Costura, Confección y del Vestido “19 de Septiembre”
La movilización desembocó en la creación del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Industria de la Costura, Confección y del Vestido “19 de Septiembre”, que obtuvo su registro en octubre de 1985. Miles de trabajadoras llegaron a sumarse a aquella organización.
Para Leticia, su conformación tuvo consecuencias inmediatas. Su participación activa comenzó a incomodar en el taller. “No querían revoltosos”, recuerda sobre el momento en que fue despedida.
Esta vez, sin embargo, consiguió una liquidación. Y lejos de apartarse de la lucha, comenzó otra etapa: se integró a los comités del Sindicato 19 de Septiembre y convirtió su propia experiencia en herramienta para acompañar a otras trabajadoras.
«Nos despidió a cuatro compañeras, entre ellas yo. Entonces en el sindicato nos asesoraron y nos pusieron una abogada para que ella llevara nuestra demanda y nosotros lo que pedíamos era la reinstalación, era lo que ella nos decía. Ustedes tienen que pelear la reinstalación, ustedes quieren su fuente de trabajo. Ya si él no las quiere de regreso las va a tener que liquidar».
En aquel movimiento participaron también feministas y activistas, entre ellas Patricia Mercado, hoy diputada, quien acompañó a las costureras durante la formación del sindicato y lo recuerda como uno de los momentos que colocaron con mayor fuerza los derechos laborales de las mujeres en la agenda pública.
La batalla no terminó con las indemnizaciones. Hubo patrones que desaparecieron después del terremoto. Para algunas mujeres era imposible recuperar salarios o prestaciones. La alternativa fue presionar a las autoridades para conseguir máquinas de coser y comenzar de nuevo mediante cooperativas, cuenta Mercado.
«Incluso hubo un último grupo que costó mucho trabajo, que incluso no fueron indemnizadas porque costó mucho trabajo. Ya después de dos años del sismo o más. Y lo que hizo el Estado, digamos instituciones del Estado, en este caso la Secretaría del Trabajo, es aportar maquinarias para que se formaran cooperativas y se formaron dos o tres cooperativas con esos últimas compañeras que no lograron una indemnización».
De empleadas pasaron, en algunos casos, a organizar sus propios centros de trabajo. Las cooperativas se convirtieron en otra expresión de aquella lucha por recuperar no solamente un ingreso, sino también la dignidad que durante años se les negó.
La precariedad nunca desapareció por completo
La organización alcanzó incluso terrenos que parecían ajenos a una batalla sindical. Leticia Queznel, médica que se incorporó al frente de apoyo a las costureras, recuerda que se crearon espacios de cuidado para los hijos de las trabajadoras.
Para aquellas mujeres, defender el empleo significaba también encontrar quién cuidara a sus hijos mientras ellas acudían a una asamblea, trabajaban o peleaban una indemnización.
«De cinco días de nacidos podían llegar a esa estancia infantil. Y tenían atención hasta los seis años. Se les daba de comer. Abría de 7:00 am a las 6:00pm, osea 11 horas de apoyo para ellas».
Con el paso de los años, aquella fuerza comenzó a disminuir. Queznel lamenta que muchas empresas despidieron personal, otras cerraron o se marcharon y algunas redujeron al mínimo sus plantillas para evadir compromisos laborales. La industria cambió y la organización sindical perdió parte del terreno conquistado.
La precariedad, además, nunca desapareció por completo. Treinta y dos años después, el terremoto del 19 de septiembre de 2017 volvió a exhibir talleres textiles funcionando en condiciones precarias y recordó que algunas de las heridas abiertas en 1985 seguían sin cerrar.
«La situación actual es que otra vez hay situaciones en que en algunas fábricas no las dejan ir al baño, sino hasta que salgan o nada más le dan cinco minutos para ir al baño. No tienen comedor, no tienen seguro social, no tienen prestaciones, es decir se regresó al estado anterior».
Hoy, cuando persisten jornadas abusivas, falta de prestaciones y espacios inseguros, su historia conserva vigencia. Entre los escombros de 1985 no solo surgió un sindicato: también nació una generación de mujeres que aprendió a no quedarse callada.
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