Ochenta años han pasado desde que los Estudios Churubusco abrieron sus puertas, y aún hoy sus pasillos respiran cine mexicano. Entre antiguos escenarios y modernos laboratorios digitales, generaciones de cineastas mantienen viva la tradición mientras abrazan la innovación, demostrando que Churubusco sigue siendo un espacio donde la historia y el futuro del cine se encuentran.
Escucha este especial con la producción de Alberto Palomino.
Laura Velarde
Ochenta años han pasado desde que los Estudios Churubusco abrieron sus puertas, y aunque muchos podrían no recordarlos o conocerlos, basta caminar por sus pasillos para descubrir que el cine mexicano sigue latiendo entre muros antiguos y salas modernizadas.
Donde antes había foros con costales en las paredes y rieles de madera para sostener luces y cámaras, hoy brillan salas THX de última generación, diseñadas bajo los estándares de Lucas Films. Lo que antes era trabajo manual y paciencia infinita, ahora se complementa con áreas digitales de mezcla y regrabación, además de la única sala en México capaz de proyectar en 35mm, 16mm y 2K digital. Así lo recuerda Juan Carlos Cantero:
«La nostalgia porque imagínate cuántas películas no se hicieron aquí y se siguen haciendo. O sea, la nostalgia de que tú ves todavía en los foros se conserva desde las estructuras, piso. A lo mejor las paredes se han cambiado porque pues ahorita ya tiene nota acústico más profesional. Antes eran costales y ahorita el único que tiene costales es el ocho, pero todos los foros ya están aislados acústicamente.
Trabajar en aquellos años en el back lot o en el pueblito vaquero nunca me tocó. Sí tuve ganas, pero nunca me tocó. Conocerlo, sí. Conocerlo y estar este porque era pues cuando yo cuando trabajaba y terminaba de trabajar o no había trabajo, mi lugar favorito era visitar el pueblo vaquero.»
Del back lot a la transformación
El cambio físico de los Churubusco también es palpable. Durante el sexenio de Carlos Salinas de Gortari, la mitad de los terrenos se destinó al Centro Nacional de las Artes (Cenart), a la Escuela La Esmeralda y a Canal 22, borrando escenarios emblemáticos como el pueblo vaquero y la selva artificial donde se filmó la serie de Tarzán en 1965. Sin embargo, la memoria de aquellos tiempos sigue viva en los relatos de quienes crecieron entre los foros y sets.
«A los 13 años yo pisé Churubusco cuando mi papá recién entraba aquí y pues lo que es la escuela de las artes no era la escuela de las artes, que era mucha parte de selva, los animales de los hermanos Gurza. Pues todo eso pues sí, sí cambió mucho.
Estaban escenas de sets del río que pasaba por aquí de este lado, la cueva que donde se filmó El cavernícola con Ringo Star o una parte donde un vochito de la película de Chuck Norris que se llamaba Far Walker algo así. Pues todas esas partes sí las conocí.
De hecho, hay un documental de Churubusco que lo hizo un director que se llamaba se llamaba, porque ha fallecido Marco Julio Linares, en el cual pues ya participa ahí, digámoslo, es en El Lecho del Río y uno de los hermanos Gurza este decía, «Ayúdenme, muchachos, tráiganse esto.» Y era una caja de madera, ¿no? Pues ahí está. Ahora ábranla porque traigo, o sea, hay que sacar las lianas, pues no eran lianas.
Era un pitón enorme que, bueno, se usó en el en el clip y pues todo esto, te digo, toda esa parte de Churubusco si lo conocí por parte de mi papá. Yo era un pequeño todavía no trabajaba aquí, yo era visita.»
Hoy, el edificio Indio Fernández alberga a Altrafilmica, una productora que imparte diplomados y cursos de cine desde hace más de quince años. Además, el complejo cuenta con bodegas de vestuario, utilería y armas para rodaje, y ocho foros de 1,400 metros cuadrados equipados con ciclorama y cabina de producción, que incluso se alquilan para todo tipo de eventos siempre y cuando estén relacionados con el cine como fue el caso de la fiesta de la presentación de la película Corazón de melón.
Para trabajadores como Juan Carlos Cantero e Israel Romero, representantes de distintas generaciones, los cambios no significan pérdida, sino evolución. Israel, cuarta generación de su familia en los estudios, asegura que Churubusco no es solo técnica y cine: es tradición familiar. Sus bisabuelos, padres y abuelos dejaron huella en cada rincón, y él sigue aportando a la memoria viva del lugar.
«Digo, y soy la cuarta generación trabajando aquí. Pues es un orgullo estar aquí. Sí me agrada estar en Churubusco. Su suegro de mi abuelo, que sería mi tatarabuelo, hasta allá atrás había hornos donde se hacían los tabiques para los foros, para los edificios.
Mi abuelo fue el que entró aquí y este era mozo de laboratorio cuando el laboratorio era no sé cuántas gentes, y sus hijos, o sea, mis tíos, trabajaron tanto en laboratorio como en los camerinos, en almacenes generales y fue cuando entró mi papá como igual forma de desde aquel lado de oficinas varios hasta llegar a ser el jefe de carpintería en este de Churubusco y él duró 36 años en Churubusco. Yo y mi hermano que está de aquel lado también.»
Entre ríos artificiales, un zoológico creado por los hermanos Gurza y un pueblo americano, los estudios conservan la magia de antaño mientras abrazan la modernidad. Cada espacio cuenta una historia; cada película deja un pedazo de memoria colectiva.
Hoy, entre foros renovados y laboratorios digitales, los Churubusco muestran cómo la tradición y la innovación pueden coexistir. Los antiguos escenarios conviven con salas THX, áreas de mezcla digital y foros equipados para cualquier producción, recordándonos que, aunque el tiempo transforme su apariencia, los estudios siguen siendo un espacio vivo donde el cine mexicano se reinventa constantemente.
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