A 56 años de la noche de Tlatelolco, Ana Ignacia Rodríguez, ‘La Nacha’, asegura que aunque ha visto más mujeres luchando en la actualidad, la misoginia continúa.
Escucha aquí el especial con producción José Luis Plasencia
Jennifer Olvera
Adela Salazar Castillejos, Roberta “Tita” Avendaño, y Amada Velasco. Ana Ignacia Rodríguez, conocida como La Nacha, las nombra y las recuerda. Fueron, al igual que ella, estudiantes de Derecho de la UNAM y presas políticas en 1968.
A 56 años de la matanza de Tlatelolco en la Plaza de las Tres Culturas, La Nacha sostiene que el movimiento del 68 —en el que participó activamente desde su inicio— significó un gran cambio en México.
A los 18 años y con el apoyo de su madre, se mudó de Taxco, Guerrero, a la Ciudad de México para estudiar y cuenta que si su padre (quien murió cuando ella tenía 15 años) hubiera vivido en ese tiempo, “La Nacha no existiría”: no la hubiera dejado irse a la capital del país a estudiar ni mucho menos formar parte de un movimiento estudiantil.
Machismo y misoginia
Luego de la represión de estudiantes que se manifestaron en solidaridad con la revolución cubana frente al Hemiciclo a Juárez el 26 de julio del 68, se creó en la Facultad de Derecho el Comité de Lucha y a La Nacha le tocó ser el Comité de Finanzas, que se encargaba de buscar cooperaciones para las brigadas.
“La Tita, cuando acababan las asambleas del Consejo, llevaba los acuerdos a la Facultad y a mí me tocó buscar la cooperación para las brigadas. Yo siempre he dicho que si algo fue importante en el movimiento del 68 fueron las brigadas. Más que nada había brigadas de hombres en ese tiempo, pero después se conformaron las de mujeres y luego mixtas. En un momento dado, algún líder conocido dijo: ‘No, las mujeres que no se suban a las brigadas. Las van a golpear’. Siempre ninguneándonos en torno a responsabilidad y valentía. Dije: ‘Así como nosotras estamos cooperando con todo lo demás también vamos a pelear políticamente’”.
El machismo y la misoginia, afirma, también estaban presentes en las aulas:
“Teníamos un maestro tremendo que nos decía: ‘¿Ustedes para qué estudian? Ustedes a su casa a tener hijos, a lavar trastes, a cocinar. Le dije: ‘Nosotras vamos a demostrar que podemos, que venimos por algo’. Y lo intentamos, pero la misoginia de los maestros era tremenda. Empezando por ellos, imagínate la de los alumnos cómo sería. Nos enfrentamos a muchas cosas con los compañeros. Pensaban que, efectivamente, no teníamos por qué estar ahí y nos querían encomendar a labores propias de las “mujercitas”, como en movimientos anteriores se había hecho. Muy valiosa la participación de las mujeres siempre, pero ahí empezamos a decir: Nosotras no venimos a cocinar, no venimos a acompañar en las guardias, no venimos a hacer placentera la estancia. Venimos a luchar”.
La Nacha fue secuestrada junto a sus compañeras y estuvo presa en Lecumberri y posteriormente en el penal de Santa Martha Acatitla por más de dos años. Asegura que fue duro salir de ahí porque continuó la represión:
Vivió con La Tita por un tiempo, pero cuando los dueños del lugar se enteraron de que fueron presas políticas las corrieron. Además, debía ir cada 15 días al penal a firmar y su ficha de detención con la palabra “alborotadora” le costó la negación de la visa y perderse de la boda de su hija y del nacimiento de su nieto en Puerto Rico.
Comenta que se convirtió en activista desde entonces y, a sus 80 años, sigue asistiendo a las marchas del 2 de octubre para exigir justicia y un alto a la represión y criminalización de la protesta social. También acompaña a las madres y padres de los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa.
Actualmente tiene una promesa consigo misma: ver en vida el sitio de memoria de la excárcel de mujeres, ubicado en el Campus 1 de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Cuatro celdas permanecen en él y una de ellas es para las cuatro mujeres presas de la Facultad de Derecho, de quienes solo La Nacha sobrevive.
En el lugar ya hay una especie de museo con algunas de sus pertenencias, como el radio que le regaló el exrector de la UNAM, Javier Barros Sierra, cuando estuvo en prisión, una cobija que le dio su madre y dos óleos de ella que pintó uno de sus compañeros en Lecumberri.
Adela, Tita y Amada y su espíritu de lucha siempre están con ella, afirma; sin embargo, denuncia que no han tenido el reconocimiento necesario y, en ese sentido, señala que, aunque ha visto más mujeres luchando en la actualidad, la misoginia continúa.
“Los ‘hombres revolucionarios’ son bien machotes, aunque digan que no. Cuando yo recién salí les dijimos: ‘Ustedes nunca hablaron de las mujeres que estábamos por allá, luchando. Siempre de ustedes’. Nunca nos tomaron en cuenta realmente. Hubo huelga de hambre en Lecumberri y hubo mucha represión. Nosotras nos quisimos poner en huelga también en Santa Martha, pero éramos unas cuantas. No podíamos fácilmente. Nuestra prisión fue diferente. Nosotras nunca pudimos tener visita en celdas. Ellos comían en su celda, sus visitas llegaban a celda, sus abogadas podían entrar todos los días a sus celdas. Nosotras jamás tuvimos ese privilegio”.
“Un logro de nosotras”. Eso dice La Nacha sobre los movimientos sociales y estudiantes liderados por mujeres que existen hoy en día. Aunque hubo movimientos de mujeres antes del 68, añade, no participaban políticamente, sino acompañando, cocinando y recolectando víveres.
Raúl Álvarez Garín, activista y uno de los dirigentes del movimiento estudiantil, la impulsó a publicar el libro Cartas de libertad, que incluye todos los textos que les escribían sus compañeros desde Lecumberri y otros que estaban en libertad. Raúl, dice ella, fue el hombre más valioso del 68.
Con esperanza en Sheinbaum
Por eso sostiene que respeta a Claudia Sheinbaum, la primera presidenta de México que, ha contado, visitó junto a sus padres a presos políticos del movimiento durante su infancia. Su familia también era cercana a Raúl.
Del gobierno de Sheinbaum, Ana Ignacia Rodríguez, La Nacha, espera algo positivo, pues tiene, asegura, consciencia de los derechos humanos:
“Yo creo que aparte de que haya estado con nosotros de niña, es una mujer de ciencia, preparada, que lee. Tiene consciencia de los derechos humanos, o más nos vale. Espero ver algo positivo porque yo ya no voy a estar muchos años, pero estos pocos años que esté sí quisiera ver algo positivo por parte de ella y espero que sí. Un pueblo completo tiene esperanza en ella. Tengo un amigo uruguayo que me dice: ‘Nosotros estamos contentos por que en México se esté dando ese cambio. Esperemos que las mujeres sí sean una buena representación para ese país’”.
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