A 58 años de la matanza de Tlatelolco, monumentos, murales y memoriales mantienen presente la memoria del movimiento estudiantil en la Ciudad de México.
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Natalia Matamoros
A 58 años de la matanza de Tlatelolco, la memoria del 2 de octubre permanece escrita en distintos puntos de la Ciudad de México. Monumentos, antimonumentos, murales, inscripciones y hasta nombres de colonias forman una ruta que recuerda a las víctimas y mantiene vivas las demandas del movimiento estudiantil.
Uno de esos símbolos aparece en pleno corazón de la capital. En una jardinera del Zócalo, una paloma blanca se levanta sobre un pedestal. Debajo, dos frases convierten ese pequeño espacio en una advertencia contra el olvido.
El antimonumento fue colocado en 2018 por iniciativa ciudadana. Luis Tuñón, integrante del Comité del 68, explica que la pieza busca dejar clara la responsabilidad del Estado en la represión y recordar que las exigencias del movimiento estudiantil eran pacíficas.
“Esta frase del 2 de octubre no se olvida, es una consigna que nosotros venimos diciendo todo el tiempo en cualquier lugar donde nos presentamos e indiscutiblemente que el dos de octubre de este año vamos a estar coreando esta consigna: 2 de octubre no se olvida y también allí para nosotros esto de que fue el Ejército fue el Estado porque obviamente ese 2 de octubre fuimos reprimidos por gente del gobierno, pero principalmente por el Ejército mexicano”.
La paloma lleva también los colores de aquella memoria: blanco por la paz, negro por el luto y rojo por la lucha. Desde el centro político del país, la ruta conduce hacia el lugar donde aquella historia quedó marcada con mayor profundidad: Tlatelolco.
Tlatelolco conserva las huellas de 1968
En la Plaza de las Tres Culturas, edificios, ruinas y memoriales conviven con la vida cotidiana. Entre ellos permanece un monolito de piedra levantado en 1993 con los nombres y edades de 20 estudiantes y vecinos que murieron durante el ataque del 2 de octubre.
Pero para Enrique Santos, arquitecto, vecino de Tlatelolco y sobreviviente del movimiento, esa lista apenas alcanza a mostrar una parte de lo ocurrido. Sostiene que las víctimas fueron muchas más de las que reconocieron las autoridades.
“Esa escultura que pusieron está bien, pero no creo que le haga la justicia a lo que pasó aquí, debe ser una escultura grandísima, muy bien hecha porque son muchos los que murieron aquí, mucho sufrimiento, Tlatelolco ha sufrido mucho y necesitamos que se reconozca la lucha de la gente, de los residentes. Por ejemplo, toda la gente que pasó toda la noche soportando balazos con un pánico terrible. No hay ningún nombre de una persona allí”.
Santos tenía 15 años cuando se incorporó a las movilizaciones para exigir libertad a los presos políticos, la desaparición del cuerpo de granaderos y mayores espacios de participación social.
En la Plaza de las Tres Culturas, un monolito recuerda a 20 estudiantes y vecinos asesinados el 2 de octubre de 1968.
— IMER Noticias (@IMER_Noticias) October 2, 2026
Sobrevivientes del movimiento mencionan que esa memoria es insuficiente: “No hay ningún nombre de una persona allí”.
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Ese 2 de octubre se encontraba observando el mitin desde lo alto del edificio Chihuahua. Cuando comenzaron los disparos, tuvo que escapar como pudo.
Ese mismo edificio conserva todavía otras marcas de la memoria. Frente a él aparecen pequeños murales con referencias al Ejército y al entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz, imágenes que interrumpen el paisaje y recuerdan a quienes ejercían el poder durante aquellos hechos.
A unos pasos, en el Centro Cultural Universitario Tlatelolco, la memoria deja de estar solamente en los muros y pasa también al suelo. La pieza “Huellas de laAusencia” está integrada por alrededor de 400 pisadas de concreto plasmadas por sobrevivientes del movimiento, quienes buscaron evocar el momento en que comenzaron los disparos.
Raquel Nava, colaboradora del Memorial del 68, explica que la obra fue inaugurada en 2018, al cumplirse medio siglo de la matanza. En lo alto aparece además una frase que resume el llamado de los estudiantes a la sociedad: “Pueblo, no nos abandones”.
“Las huellas que vemos abajo por ejemplo, es la representación de aquellas personas que estuvieron el 2 de octubre peleando por las demandas, pero que fueron atacadas por el Ejército. De hecho, en aquel momento se trabajó con la artista, se trajeron a varios sobrevivientes de aquel dos de octubre, se grabó un video, donde ellos simulaban escuchar los disparos y correr por la Plaza de las Tres Culturas”.
Los muros también cuentan la historia del movimiento
Pero las marcas del 68 no terminan en Tlatelolco. La memoria también se desplazó hacia otros barrios y otras luchas. En Iztacalco existe el Campamento 2 de Octubre, donde el nombre del movimiento permanece ligado a la resistencia vecinal y comunitaria.
Sus murales evocan las movilizaciones de los años setenta, el origen lacustre de la zona, figuras históricas de la cultura mexicana y foránea, además rinde homenaje a las mujeres que jugaron un papel clave en la fundación de la colonia.
“En muchos lugares de la ciudad se están haciendo este tipo de murales porque se ha demostrado también que estos murales constituyen una forma de platicar la historia a través de estos murales. Entonces en el campamento se habla mucho de Rosa Luxemburgo, de Judith Reyes, de Amparo Ochoa, de luchadoras sociales y de agunos se han hecho dibujos o pintas de esos compañeros de lucha”.
Para Tuñón, esa manera de llevar la memoria a los muros tiene relación con las formas de comunicación que el propio movimiento utilizó en 1968. No bastaba con marchar: también había que encontrar la manera de hacer llegar las consignas a la vida cotidiana de la gente. Por eso, además de repartir panfletos, escribía mensajes en billetes de diez pesos. Las consignas circulaban de mano en mano junto con el dinero, en un intento por romper el cerco informativo.
Frases como “Un mundo diferente es posible” viajaban así fuera de las marchas y encontraban otros caminos para permanecer en la calle.
“Hacer mantas, hacer volantes, repartir mantas, andar haciendo pintas en las calles, en los mercados, en los camiones, en las patrullas incluso. Era un movimiento de mucha represión, pero también teníamos que ingeniarnosla para poder difundir toda esta parte de lucha del movimiento estudiantil”.
Una memoria que pasa a nuevas generaciones
Décadas después, esa misma lógica alcanza otros espacios. Para DulceGonzález, integrante del Comité 68, todos esos símbolos forman hoy una ruta de memoria que permite a las nuevas generaciones acercarse a una historia que no vivieron.
“Hay nuevas generaciones, inclusive muy pequeñas, de 8, 10 años y esas jiñas siempre acompañan los procesos organizativos, vienen a las reuniones, van a las marchas y ellas cuando las vemos en sus espacios de infancia y cuando les toca hablar del tema lo vemos como una apropiación muy natural de decir es que mis abuelos lucharon, es que la generación ddel 68 luchó por la justticia en sus términos muy de infancias, pero comprendiendo muy bien lo que es la organización”.
Así, el 2 de octubre permanece inscrito sobre la Ciudad de México: en una paloma frente al poder, en una piedra con nombres, en los muros de Tlatelolco, en cientos de huellas y hasta en el nombre de una colonia popular.
Son símbolos distintos de una misma exigencia. Cada uno obliga a mirar hacia atrás, preguntar qué ocurrió y mantener viva una consigna que todavía atraviesa las calles de la ciudad: 2 de octubre no se olvida.
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