Alumnas y creadoras celebraron el legado de maestras como Amalia Hernández, Cora Flores y Nellie Happee, destacando la danza como un espacio de aprendizaje, acompañamiento y comunidad.
Carolina López Hidalgo
En las escuelas de arte, las maestras se convierten, en familia, en fuerza y en lucha, se aprende a maternar y ser solidarias, se comparte el conocimiento y se protege al alumno. Eso es lo que nos enseñó el conversatorio y homenaje de bailarinas y coreografías a sus tutoras, grandes maestras como Cora Flores, Valentina Castro, Sonia Amelio, Amalia Hernández y Nellie Happee.
Hay alumnas que se encuentran en la academia como fue el caso de María de Jesus Ángel para quien Valentina Castro fue un faro en la investigación y un apoyo en la vida.
«Me impresionó mucho su presencia escénica, la forma en la que proyectaba su movimiento, a mí me parecía infinito. Y no solo a mí, a muchos investigadores nos ha brindado información importante gracias a este acervo. Me permitió conocerla de una manera más personal, como madre, como la mujer comprometida con su trabajo, dadora de cariño y conocimiento. Fue un trabajo muy muy intenso. Y la danza como juego y convivencia. Este es un proyecto de danza educativa en donde tuve la fortuna de participar y poner en práctica las enseñanzas que la maestra me ha compartido directa e indirectamente».
Patricia Marín destacó el acompañamiento vital y educativo de Cora Flores, una creadora que sigue presente en la vida de cada alumno y alumna que impulsó.
«Cada vez que defiendo la importancia de crear obras honestas para niños y niñas, ahí está Cora. Cada vez que insisto en la necesidad de una formación técnica rigurosa, ahí está Cora. Cada vez que las circunstancias se vuelven difíciles y decido continuar, ahí está Cora. Tal vez ese sea uno de los actos más profundos de la enseñanza, acompañar, incluso cuando la clase ha terminado. Por todo ello, mi agradecimiento no responde solamente a la nostalgia. Es un reconocimiento consciente a la mujer que me permitió descubrir la danza cuando yo todavía no sabía nombrarla, a la maestra que ayudó a formar mi cuerpo, mi sensibilidad y mi carácter, y la artista cuya pasión sigue teniendo consecuencias en mi manera de crear».
Pero hay otras maestras que desde el escenario cautivan a sus próximos alumnos, como fue el caso de Rebeca Llamas una joven con problemas en las piernas a quien tocó y le llevó a luchar por estar un día compartiendo el escenario con la gran coreógrafa Amalia Hernández.
«Me sorprendí desde el principio, los ojos se me abrieron, la música, las luces, el vestuario, Dios mío, qué cosa. ¿Qué era eso? Pero cuando yo vi aquellas faldas rojas y amarillas, taran taran taran taran, taran y salen las faldas y se envuelven y salen las serpentinas y las luces. Dios mío, eso fue algo mágico. Entonces yo puedo decir que Amalia aún sin conocerme y sin conocerla, ella me dio propósito y le dio dirección a mi vida.».
Nellie Happe, es una de las coreógrafas más importantes de México creó grandes obras, que se siguen presentando en Bellas artes, el Auditorio Nacional y en foros a nivel internacional, a sus 96 años sigue lúcida, tomó el micrófono para complementar lo que Ana Bella Martínez, alumna, comentaba de la creadora y recordó varios episodios de su vida.
«Tienen ese rapport con los con los intérpretes, porque por muy buena obra que uno haga o no, lo está en manos del artista, del intérprete, el que comunica lo que uno quiere decir y yo por eso siempre he querido tanto y respetado tanto a mis bailarines. Que yo tuve la suerte de trabajar con Amalia Hernández. Ella una vez me habló de las y me dijo, «Vente conmigo, Amalia, ¿yo qué voy a hacer contigo? Yo no sé nada de folclor.» «No, pero sí sabes dirigir»».
Entre risas, aplausos, voces entrecortadas por la emoción, este conversatorio nos llevó a entender que en el arte se crean familias, cuyos lazos van más allá de la sangre.
Te recomendamos:






