La música de protesta es voz frente al silencio. Desde Nina Simone hasta La Santa Cecilia, desde Palenque hasta Palestina, artistas convierten el dolor en denuncia.
Laura Velarde
¿Qué canta una persona cuando cae una bomba?
¿Qué ritmo se escucha mientras se cruza una frontera?
¿Qué armonía sobrevive cuando se construyen muros, se queman hogares, se cierran las bocas?
Hay canciones que no buscan llenar estadios, sino que nacen para resistir.
¿Qué convierte a una canción en música de protesta? No es el ritmo ni el género. Es la letra: su capacidad de decir lo que muchos callan. Desde el canto campesino medieval hasta el rock de los años sesenta, la música de protesta ha sido vehículo de denuncia, memoria y acción colectiva.
Estas canciones no solo nombran la injusticia: muchas veces llaman a la acción, a la resistencia, incluso a la revolución. La académica Olivia Domínguez, maestra en antropología social y doctora en urbanismo nos dice que la música de protesta se caracteriza por su letra.
«Yo creo que las canciones de protesta sí llaman una acción y no solamente se quedan en un sentido de denuncia, aunque empiezan por esta ruta, pero sí llaman a un cambio, a una revolución eh incluso pues marca como la militan de las personas que están elaborando esta música o creando esta música. Hay una congruencia, ¿no?
Eh, tal vez todas estas otras canciones que sí reflejan algunos aspectos sociales, políticos y culturales, también con todo el valor que ello conlleva, no necesariamente tendrían que llamar a una a un cambio profundo o a una revolución.»
Transmiten la fuerza de sus letras
En Estados Unidos, artistas como Nina Simone, Tupac, Kendrick Lamar o Public Enemy convirtieron la rabia en arte político. En América Latina, la negritud canta desde los tambores de Palenque, los ritmos del Pacífico, el candombe del sur, el samba del Brasil negro. Bia Ferreira, Susana Baca, Petrona Martínez: mujeres negras que no cantan para agradar, sino para afirmar.
La música también nace entre detenciones y patrullas migratorias, como un medio que no busca solo sonar, sino busca sobrevivir.
En la frontera México–Estados Unidos, Los Tigres del Norte ya narraban en los años 80 las tragedias de quienes cruzaban. Hoy, nuevas generaciones han resignificado el corrido fronterizo, mezclándolo con trap, son jarocho, spoken word y electrónica. Colectivos como Son de Madera, Radio Nopal o proyectos desde Tijuana han usado la música para hablar del racismo estructural, de los niños enjaulados, de las deportaciones masivas durante la era Trump.
“Hay canciones que son totalmente pues perennes, ¿no? Siempre están vivas, siempre transmiten la fuerza de sus letras, se siguen escuchando o se hacen nuevas versiones, tanto en español, en inglés como sobre todo en español para nosotros, nuestro contexto, pero en inglés que es un idioma pues universal dentro del rock, podríamos decirle así.
Eh, ha tenido como esa fuerza de transmitir muchas veces pues estos aspectos en contra de la guerra con esas posturas pues como decíamos pacifistas, pero también en el marco del capitalismo, han denunciado hambre, han denunciado pues incluso el miedo a la destrucción en una guerra”
Ante las redadas de ICE en Estados Unidos, la guerra entre Ucrania y Rusia, o el conflicto entre Israel y Palestina, ante los discursos de odio, la música ha encontrado nuevos cauces. En medio del dolor y el desplazamiento, las personas recurren a las canciones también para resignificarlas.
Como es el caso de “Debí tirar más fotos”, de Bad Bunny que acompañó videos en redes sociales mostrando escenas icónicas de sus lugares de origen, antes del estallido del conflicto más reciente con Israel. Así, una canción personal también se puede transformar en eco emocional de lo que se resiste.
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