De 14 mil extranjeros refugiados que ingresaron a México, el 41% indicó que México era su destino final como el lugar ideal para recomenzar sus vidas.
Escucha el especial con la producción de Gabriel Apolinar.
Natalia Matamoros
En los rostros de quienes cruzaron medio mundo para llegar a México, caben las ruinas de un pasado reciente y la promesa de un mañana posible. Vienen de Siria y Ucrania —países marcados por el fuego cruzado, el despojo y la desesperanza— y escogieron un destino inesperado para comenzar de nuevo: México.
No llegaron buscando lujos ni certezas. Llegaron buscando paz, y en muchos casos, tan sólo una pausa al dolor. Dejaron atrás ciudades bombardeadas, familias divididas, proyectos truncos, vidas interrumpidas por conflictos que no eligieron.
Y, tras cruzar continentes, océanos y fronteras, encontraron en México algo que parecía lejano: una segunda oportunidad.
En ciudades como Aguascalientes, Ciudad de México y Monterrey, estas personas —mujeres, hombres, niñas y niños— comenzaron a reconstruirse desde lo más básico: un techo, un idioma, una rutina.
La mayoría llega con el estatus de «refugiado» otorgado por la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR) o a través de organismos internacionales. Las asociaciones civiles les acompañan para ayudarlos a integrarse a la sociedad.
Entre ellas está la ucraniana Tetyana Tsvyk. Aunque trabajó varios años en México como contadora en una empresa, no pretendía quedarse a vivir en este país. Su intención era regresar a Ucrania para estar al lado de su madre y de su hermano en el 2022.
Sin embargo, a los pocos meses de pisar su tierra, tuvo que tomar sus maletas de nuevo para huir de los ataques por parte de Rusia.
La ofensiva rusa incrementó al extremo de su ciudad natal, Boyarka, por lo que las familias tuvieron que habilitar búnkeres para protegerse de los bombardeos. Estar allá, ya no era sano, era estar sometido a una angustia permanente:
«Tuvieron que salir de sus casas porque estaban destruidas. No tenían dónde vivir y por eso elegí a México, porque conocía más a este país. Mi casa no fue afectada por los bombardeos, pero de verdad es muy miedoso porque cada noche, cada día, cuando lanzan los misiles cerca de tu casa, no puedes dormir. Yo no sé cómo sobrevive ahora la gente en Ucrania».
Volver a empezar
Al llegar a la Ciudad de México, Tetyana nuevamente debió comenzar de cero, ya que, su contrato en la empresa ucraniana donde trabajaba había terminado. Aunque tenía la ventaja de hablar español, la tarea no era fácil porque, para ejercer contaduría en México, debía tener no sólo el título universitario, sino la cédula profesional y además, saber de impuestos.
Un conocido le dio las herramientas necesarias para aprender y así ejercer su carrera, sin inconvenientes:
«Conozco a un contador público que tiene un despacho de contadores públicos aquí en Ciudad de México y le pregunté a este chavo: ¿podrías ayudarme con un trabajo? Y él me dijo: yo te puedo dar unos trabajos, pero sin pago, como gratis, pero te va a enseñar cosas específicas de impuestos en México.
Y gracias a él, yo trabajaba en una empresa buena y al mismo tiempo estudiaba contabilidad fiscal».
A pesar de que tuvo una nueva oportunidad para abrirse paso en México, Tetyana sintió nostalgia de no estar al lado de su madre ni de su hermano, quien estaba en el frente de batalla como soldado del Ejército. También extrañaba sus costumbres, comida y gente con la que creció.
Para sopesar esa tristeza y el dolor de la certeza de que no podrá regresar a su tierra, ella y un grupo de paisanos crearon una casa de la cultura itinerante para mantener viva la cultura ucraniana.
Lo anterior, a través de bordados artesanales, muñecas, reuniones para compartir fechas especiales, aprendizaje del idioma de ese país y un coro de voces que fusiona cantos europeos y mexicanos:
«Hacemos diferentes eventos. Yo recordé que en mi infancia a mí me gustaba hacer joyería, bordar y ahora hago piezas artesanales aquí en México. Y hago talleres también de bordados ucranianos para mexicanos de hacer muñecas tradicionales ucranianas.
Hacemos eventos cuando estamos juntos, cada uno de nosotros tiene algunos conocimientos y algunas cosas que puede compartir».
En esta casa, Tetyana también tiene la oportunidad de estrechar vínculos con los mexicanos, cultivar amistades e intercambiar costumbres.
Durante su permanencia en este país, ha disfrutado la calidez de los mexicanos, a quienes abraza como hermanos. Aunque no olvida sus raíces, ni la familia que dejó a miles de kilómetros de distancia, ella adoptó a México como su segundo hogar.
En cifras
De acuerdo con una encuesta que hizo la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) a unas 14 mil personas extranjeras que ingresaron a México, el 41% de los entrevistados indicó que este país era su destino final. Es decir, tienen la intención de adoptarlo como el lugar ideal para recomenzar sus vidas.
El 53% de los encuestados aseguró haber sido víctimas de violencia e intimidación en sus países de origen. Y, el 76% afirmó que regresar a su país implica un riesgo para su seguridad, como el caso de Tetyana.
Para la ACNUR, estos hallazgos refuerzan la necesidad de contar con una política de asilo robusta y de largo plazo. La finalidad es garantizar estrategias de protección desde el momento de la llegada hasta la integración efectiva de las personas refugiadas en las comunidades de acogida.
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La lucha de Sharid
Sharid Abed llegó a México, proveniente de Palestina, en 2019 para reencontrarse con su padre, Kamal Abed. El conflicto en la Franja de Gaza los separó por varios años.
En México su padre consiguió un refugio seguro, hizo amigos y se planteó como meta reunificar a toda la familia en este país para trabajar y dejar de lado un pasado lleno de angustia porque en cualquier momento, alguno de los suyos podría morir en el campo de batalla.
En territorio mexicano aprendió el idioma y, en poco tiempo, instaló una cafetería de recetas ancestrales. De esta manera, mantenía el vínculo con las tradiciones gastronómicas de su tierra. Sin embargo, él y su padre soñaban con el reeencuentro familiar.
Al poco tiempo, su padre falleció y no vio cristalizado ese anhelo, pero Sharid continuó su lucha durante 13 meses ante las instituciones diplomáticas y organizaciones internacionales buscando que 18 familiares llegaran a México.
Sus tíos, sobrinos y primos sólo querían olvidar las heridas del pasado y emprender un nuevo camino, donde impera la paz y el abrazo de una comunidad sensibilizada con la situación de violencia que enfrenta el pueblo palestino.
Así fue como hace apenas tres semanas, su familia —que se convirtió en el primer grupo familiar palestino en recibir refugio—, llegó a este país después de varias escalas en Jordania y Turquía. Las maletas estuvieron cargadas de ilusiones para crecer en un país con trabajo y esfuerzo:
«Ya están muy alegres, ya pueden comer pollo y carne. La guerra fueron dos años sufriendo bastante tiempo. Ahí tengo a mi cuñada que perdió a toda su familia, 9 personas. Y yo le doy gracias a México».
Nuevas oportunidades sin limitantes
En 2015, Karam Darwich huyó de Latakia en Siria y se refugió en Líbano para escapar de las situaciones de violencia, donde perdió parte de su familia y amigos. Su amarga experiencia le dejó profundas heridas emocionales que le costó superar.
En Líbano tuvo varias limitaciones para continuar los estudios que dejó inconclusos en su lugar de nacimiento:
«Veía al país con mucha destrucción, con muchas pérdidas de personas que a fin de cuentas eran seres humanos que perdieron la vida o se lastimaron sin culpa. Tuve mucho impacto psicológico. No todos los países tienen servicios psicológicos accesibles. Sin embargo, me apoyé en este contexto, en las redes de apoyo que tenía».
Gracias a un amigo mexicano, Karam pudo postularse al programa de becas para estudiar una maestría en Administración en México. Lo seleccionaron y ayudaron con el proceso de solicitud de refugio en este país.
Fue una experiencia de aprendizaje e integración, donde también fue testigo del espíritu de solidaridad de los mexicanos, pues una familia lo adoptó y se convirtió en su guía durante este proceso:
«Mis primeros años aquí fueron años de aprendizaje sobre el contexto del país porque es totalmente diferente. Estamos hablando de miles de kilómetros de distancia. Sin embargo, he disfrutado cada momento, lo que te podría decir es que sí fue una historia de integración exitosa que empezó con aprender el idioma y acostumbrarse a la cultura».
En Monterrey tuvo la fortuna de reconstruir su vida, lejos de la guerra, en ambientes sanos, tranquilos donde ha podido estudiar, trabajar y hacer voluntariado para apoyar a otros refugiados. También tuvo la oportunidad de viajar y de explorar las riquezas naturales de cada región:
«Tengo la nacionalidad mexicana y me siento como un mexicano de corazón. Quiero ayudar, aportar y siempre he procurado ser un factor en el que pueda contribuir de manera positiva a un México con ciudadanos que pueden vivir de manera solidaria».
Hace dos años, Karam viajó al Líbano para reencontrarse con su padre y sus hermanos. Aunque encontró a su padre un poco desmejorado por su avanzada edad, pudo abrazarlo y compartir con su familia.
Desde aquí trabajará duro para traerlos y ofrecerles una mejor calidad de vida, lejos de las confrontaciones, las balas y las amenazas.
Perseguir los sueños en otro país
Al igual que Karam, el joven sirio Abed Sharruf también tuvo la posibilidad de estudiar una carrera universitaria en México. Antes, vivió 12 años en Líbano, donde fue víctima de discriminación:
«Me trataron como una persona diferente, como no soy una persona igual a otras personas, por ejemplo, tenemos muchos problemas con la educación los refugiados . Por ejemplo, los refugiados que no tienen residencia allá no pueden estudiar o entrar a la universidad».
Él tiene ocho meses acá y ya domina en más del 80% el español. En agosto comenzará sus estudios de Ingeniería Eléctrica en Aguascalientes y plantea construir su futuro en México porque se siente seguro y en familia:
«Creo que aquí es un país más tranquilo que Líbano de verdad y me di cuenta que los conflictos no son como Líbano. Acá es más seguro. Creo que voy a hacer mi vida aquí».
México ha ofrecido algo invaluable a personas como Tetyana, Karam y Abed: una oportunidad real de volver a empezar, de vivir sin miedo, de tener un futuro.
A veces, la patria no es donde se nace, sino donde te vuelven a mirar como ser humano. Y para miles de refugiados, ese lugar —inesperadamente— se llama México.
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